La Cabina

Producción realizada para la televisión que narra la progresiva angustia de un hombre (López Vázquez) que se queda atrapado en una cabina telefónica. Lo que en principio parece un contratiempo sin trascendencia, se convierte poco a poco en una situación tan inquietante y terrorífica que provoca en el hombre una desesperación y una angustia sin límites. 

Dirigido por: Antonio Mecero

Historia original: Antonio Mercero

Guión: Antonio Mercero, José Luis Garci

Dirección artística: Antonio Sanz

Fotografía: Federico G. Larraya

Montaje: Javier Morán

Producción: José Salcedo

País: España

Año de Producción: 1972

Duración: 35'

Productora: Televisión Española (TVE)

LA OBRA

Para una generación esta película, La cabina de Antonio Mercero es como uno de los cromos imprescindible, en el álbum de su memoria. Sorprendió y mucho su estreno en televisión, no estaban los espectadores acostumbrados; sobre todo, porque era una producción del gran aparato de comunicación del Estado, TVE. En esa misma casa se emitía una serie de la que habrá que recordar el contexto y la época para no utilizar descalificaciones fáciles y fuera de tiempo. Crónicas de un pueblo, dirigida por Antonio Mercero, con guión de Juan Farias y emitida  entre 1971 y 1974,  era justo el reflejo y la imagen de la España que el viejo régimen quería construir, pazguata, folclórica, ñoña y costumbrista. De ahí que cuando surge el proyecto de La cabina nadie sospechara nada raro, más bien todo lo contrario, se necesitaba un producto de televisión , de calidad suficiente para presentarlo en festivales internacionales para mostrar una imagen de país cambiado y evolucionado, en clara oposición a la verdad, una España muy atrasada y con una cultura teledirigida que no pasaba de los coros y danzas de Sección Femenina o de los juegos florales del Bernabeu.

Al frente del proyecto se situaba Antonio Mercero, el mismo que semanalmente mostraba las peripecias de una ruralidad ibérica empapada de cura, guardia civil, alcalde y maestros fieles al régimen. Así que al proyecto le dieron vía libre y fue aprobado por la dirección de una cadena de televisión dependiente del Ministerio de Información y Turismo, con un presupuesto de cuatro millones de pesetas y para el que el director contaría con la colaboración de José Luis Garci, en el guión y del actor José Luis López Vázquez que cuajó uno de los grandes trabajos de su trayectoria, que ya es decir.

La cabina supuso una forma y un estilo diferente para la televisión de este país, aunque conviene recordar que contó con exquisitos precedentes y con líneas claras de influencia, sobre todo, en el juego de géneros que introdujo uno de los genios de la televisión de ese tiempo, Narciso Ibáñez Serrador. Pero, efectivamente, La cabina mostró un estilo narrativo muy novedoso por llevar al medio televisivo el lenguaje cinematográfico, una pequeña pantalla no habituada a estos riesgos y a estos atrevimientos. Si nos fuéramos a las hemerotecas y a las columnas de televisión de la época nos daríamos cuenta que uno de los objetivos de los creadores, se  logró la primera noche de su emisión, a sorpresa. Los espectadores españoles asistieron atónitos a una producción pequeña no habitual, un telefilme nacional de treinta y siete minutos sin continuidad y de cuyo relato no sabían a qué atenerse y cada uno de los espectadores hicieron su propia interpretación, consiguiendo sus autores otro de los objetivos del guión, un final tremendo, duro, abierto y con un guión extraordinario que mostró diferentes capas de escritura para que, dependiendo de la formación de cada espectador, el análisis fuera muy diferente.

La censura, implacable y decisiva en la España de la dictadura, no supo ver lo que estaban contando, sobre todo porque Antonio Mercero era, sin duda alguna, para los censores, un hombre de confianza, aquel que transmitía cada semana ese serial televisivo de la España de parroquia y botica que tanto gustaba en El Pardo.

La España de aquel tiempo apagó el televisor después de los treinta y siete minutos y se fue a la cama con la mosca tras la oreja, con El alma se serena y la desconexión habitual diaria de la cadena y en los días posteriores todo el mundo hablaba de La cabina y dependiendo del patio, el taller y el entorno de los espectadores, se provocaron interpretaciones muy diferentes. La producción fue paseada por medio mundo, consiguiendo premios internacionales como el Emmy de Televisión (considerado como el Oscar para la pequeña pantalla) y  el premio de la crítica en Montecarlo, una de las citas más importantes de Europa.

¿Qué nos quisieron contar con La cabina?

¿Qué nos habían querido contar Mercero y Garci? Y, sobre todo, ¿qué quería el gobierno, que fue quien encargó el proyecto, que se mostrara de España?. El planteamiento inicial no puede ser más sencillo, un hombre acompaña hasta la parada del autobús escolar a su hijo, curiosamente al pasar por una cabina telefónica que acaban de instalar en el parque, la pelota va botando hasta colarse en el interior de la cabina, no pasa nada, siguen su camino pero el guión ya está anunciando el papel  que guarda el azar, en la vida. Al dejar a su hijo en el transporte, el hombre entra en la cabina para hacer una llamada, llamada que no consigue hacer y ya no podrá salir del reducido espacio de la cabina telefónica. A partir de ese momento desfilan delante del hombre, supuestamente para echar una mano al pobre desgraciado, una sociedad española que podría enganchar perfectamente con la sociedad buñuelesca, una España que se ríe de la desgracia ajena, que aprovecha la mínima oportunidad para saquear al vecino, un país de barrio y de corrala que desfila delante de la cabina riendo, comiendo, bebiendo y manteniéndose indiferente al destino cruel. Al mismo tiempo de ese espectáculo ibérico y brechtiano que se se están montando en torno a él y a su desgracia, un cristalero transporta un espejo a algún lugar, se para junto al remolino de gente que el suceso ha provocado. El hombre de la cabina se ve en el espejo y contempla a la gente. La mirada del hombre es amarga, profunda, sabe que nadie le ayudará, que está solo en su desgracia y en su soledad. Esa profundidad que proporciona la mirada de este actor se convierte en columna vertebral del proyecto, del telefilme, de la historia. La crítica cinematográfica en los festivales internacionales no tiene ninguna duda del significado de La cabina, es el retrato simbólico de la dictadura, quien está sentado en el trono de El Pardo envía a su gente a la muerte, los ciudadanos no tienen otra salida. Están atrapados en un sistema que ni siquiera da cuenta del maquiavélico plan, el silencio y el aislamiento es el primer peldaño del terror.

Para el director, para Antonio Mercero y lo ha explicado en muchas ocasiones “La cabina es un cuento fantástico de ciencia-ficción y de terror, un hombre atrapado como la cucaracha kafkiana, un hombre indefenso en el viejo régimen y sin salida en el mundo nuevo. Las interpretaciones después, son libres, cada uno la hace suya y creo que ese es uno de los valores de La cabina”.

Es la opinión del autor pero público y crítica no piensan lo mismo, ven un inteligente y hábil zarpazo del arte contra la reacción, contra la dictadura. Y así es visto como una

vez ves más el mundo del cine se la cuela al poder. Lo hizo con Viridiana de Luis Buñuel que llegó a ser presentada oficialmente por el gobierno español al Festival de Cannes y se vuelve a repetir con La cabina, el encargo era un producto que mostrara el cambio en España, esa evolución de una sociedad rural a una sociedad moderna, en crecimiento, una ciudad con scaletrix en sus glorietas, con autopistas y con visión de desarrollo. Eso está en la película, pero bien es cierto que esa imagen de edificios y grúas son como bloques vacíos, construcciones solitarias en una sociedad fantasma, enferma, agujereada.

Son muchas, muchísimas las interpretaciones que pueden ir haciéndose de este excelente trabajo, hay quien ha visto, por ejemplo el abandono que la comunidad internacional hizo de la España de la dictadura, al confundir gobierno y régimen con pueblo o sociedad española. Ese hombre atrapado en la cabina asiste como la comunidad convierte su desgracia en un espectáculo de ocio y entretenimiento, justo lo que Europa hizo con España y, porque en ese momento los medios de comunicación no tenían el protagonismo de hoy día, de lo contrario, no hubieran faltado las cámaras, las furgonetas de las empresas periodísticas y los reporteros estrella.

¿Por qué no había colaboración ciudadana?

Una de las preguntas que se hizo el espectador al ver La Cabina en aquella televisión es qué pasaba con la ayuda, qué hacía el otro, ¿por qué no echaba una mano de verdad al hombre, en su encierro?. La respuesta podríamos buscarla en la explicación de miedo asentado en la España de la victoria, la dictadura había sabido construir un país como si fuera una secta o una familia vieja, un paternalismo de sindicato vertical en el que se recibía la caridad por los méritos contraídos y se despreciaba la colaboración y la solidaridad porque era sospechosamente subversiva. Así, las ayudas que venían de la administración y a través de las instancias oficiales eran expresadas en la película como completamente inoperantes, los guardias se presenta en el lugar y no hacen nada, salvo recibir la mofa del público y los bomberos colocan la escalera en la cabina y hacen exactamente lo mismo pero con más ruido y con sirenas encendidas.

La cabina, una producción de TVE, en 1973, es una joya del cine español, para los analistas suponía una doble sensación. En parte era un elogio y visto desde otro un lamento y una pena. Un elogio porque era claro que se contaba con gente capaz de crear una obra televisiva nueva, profunda y cinéfila, las referencias a los grandes del cine de terror son muchas y un lamento porque era una pena que esta línea de trabajo y creación no tuviera continuidad y, de alguna manera, ganó premios y galardones pero quedó derrotada porque ni José Luis Garci ni Antonio Mercero siguieron por esta línea.


EL CONTEXTO

Lo dijo Antonio Mercero en numerosas ocasiones, “La cabina es un relato de terror psicológico, nada más. No teníamos otra intención”. Y cualquier buen aficionado añadiría, “y nada menos”. Lo que dice un autor sobre su obra es un apunte importante pero no el único, dicho sea con todos los respetos. La cabina se estrena por La Primera de TVE, el 13 de diciembre de 1972, la televisión pública española lleva desde 1966 emitiendo una de las grandes series del género, Historias para no dormir en las que Chico Ibáñez Serrador graba algunos capítulos con cámaras de 16 mm, en vez de las cámaras de televisión, convirtiéndose en uno de los aspectos más originales junto a la introducción del terror, algo insólito en la cadena televisiva y para la que adaptó relatos de Fredric Brown, Ray Bradbury y Edgard Allan Poe Trabajaba con su padre, Narciso Ibáñez Menta, uno de los actores más olvidados de nuestro cine y Chicho recordaba a Alfred Hitchcock en las presentaciones de los capítulos. Era 1972, Mercero y Garci quisieron hacer género, terror y la referencia de Historias para no dormir era directa y clara. Pero no debemos olvidar que el encargo oficial pedía que el programa, el telefilme hablara de una España de cambio, que se viera la ciudad y el crecimiento del país. Pero junto al deseo expresado del gobierno o de la dirección de la cadena de televisión se situaba la creatividad y la propuesta de Mercero y Garci que no perdían la mirada sobre la sociedad española del momento, un país de 1972 en el que los estudiantes de las universidades de Salamanca, Bilbao y Valladolid salían a la calle para enfrentarse a la durísima policía del régimen, pidiendo y reivindicando una serie de aperturas, como elecciones en la universidad, reducción de las tasas y a veces pidiendo libertad de sus compañeros encarcelados. Un año de 1972 en el que el Tribunal de Orden Público (terrorífica la historia negra del TOP) procesa a Rafal Calvo Serer, exiliado en Francia, por ponen en peligro la paz y la independencia de la nación por un artículo escrito en la prensa francesa. Un año en el que ETA secuestra al empresario Lorenzo Zabala por haber despedido a 200 obreros, un año en el que el ejército británico dispara en las calles de Londonderry (Irlanda del Norte) produciendo 13 muertos pero, sobre todo, un año de 1972 en el que se dan dos circunstancias por las que la dictadura quiere mostrar un alma blanca, de cara al exterior: Alfonso de Borbón contrae matrimonio con la nieta del dictador, Carmen Martínez Bordiú y comienzan las especulaciones sobre uno de los ideales de Franco, perpetuarse en el poder a través de la corona española y el segundo detalle, el Cardenal Tarancón es elegido Presidente de la Conferencia Episcopal Española, la iglesia va tomando posiciones y viendo y observando los cambios que se vaticinan para España, desean una iglesia dialogante con las capas sociales de un país que va viendo el final del túnel. En este contexto social y político, apasionante para cualquier observador distante, aparece La cabina. La historia de un hombre normal, con bigotito sindical y con aspecto de padre de familia con el que comulga el régimen, que se ve envuelto en un genocidio maquiavélico y kafkiano. Un relato de terror que juega con la realidad, no hay mayor terror que los sucesos que ocurren en casa, lo dijo Chicho Ibáñez Serrador teorizando sobre el cine de género: el ruido de una puerta en medio de la noche, una sombra en la pared de tu habitación o una llamada telefónica en la noche que cuelga y vuelve a llamar, es el miedo y el terror doméstico, el más fuerte de todos. El terror de La cabina tiene un precedente, las terroríficas Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador y el terror de un país que sabe pero no sabe lo que pasa en los calabozos de la Puerta del Sol o en los cuarteles de La Salve e Intxaurrondo en un País Vasco habituado a los estados de excepción, la toma de pueblos enteros por las fuerzas de la policía y del ejército y a los interrogatorios de la Brigada Social de la Policía. Había material suficiente para tejer ese camino hacía la muerte de La Cabina.


EL  GÉNERO

Es esta película una de las grandes joyas, creo que la televisión española sólo ha logrado un Emmy a lo largo de toda su historia. Y lo consigue con una película de género, una historia que bebe de muchas fuentes y la que predomina es la del género negro, de ciencia-ficción y de terror. Un terrorífica historia que comienza en clave de cine costumbrista con sátira social como esa fase del telefilme que se desarrolla en el parque, llena de retratos de gente normal, con vidas aparentemente normales y habituales. La película irá avanzando por derroteros del cine de misterio y de intriga para ir a un final apocalíptico, propio de un cine trágico, de terror gótico y donde el suspense, el misterio y la intriga van construyendo el lenguaje fílmico de La Cabina. En la primera parte nos encontramos con un Antonio Mercero que nos relaciona o nos recuerda al autor de Un verano azul (1981), todo lo que tiene que ver con la angustia del personaje en el interior de la cabina telefónica tendría que ver con uno de los trabajos más olvidados de Mercero, Es señor de negro (1975). El protagonista de La cabina revela y muestra el enorme talento de un actor que habiendo trabajado con los directores más importantes del país no acaba de despojarse del peso del otro cine más vulgar. En La cabina el actor José Luis López Vázquez desarrolla todo su talento expresivo, parece la creatividad de un mimo, construyendo desde el gesto la desesperación, la esperanza, el dolor y la certeza de la muerte. Todo el viaje de la cabina en la camioneta y hasta el final en la gruta nos delata a un Mercero experto en el cine documental, ya que en esta fase cargada de planos generales y panorámicos de la ciudad nos habla de un Mercero que se fue formando en el laboratorio de documentales de TVE y que si se rescatara alguno de ellos, podría percibirse qué diferentes eran del resto, trabajos que a pesar del sesgo informativo del género ya delatan que estamos ante la presencia de un autor. La parte final de La Cabina es la que más se parece al cine de terror, con un final de cadáveres y muertos en el interior de las cabinas.


LOS OFICIOS

El guión de José Luis Garci

Este país es único a la hora de ignorar, despreciar y a arrinconar a algunas personas, autores, artistas y deportistas que habiendo conseguido méritos y reconocimientos, aquí, en su propio país es donde mejor habita el olvido y el desprecio. Cineastas como Pedro Almodóvar, Fernando Trueba y José Luis Garci lo saben muy bien. Al director manchego se le negaba el pan y la sal hasta anteayer, probablemente hasta 2004, cuando una de sus películas, La mala educación inauguraba el Festival de Cannes (2004) y años antes con Todo sobre mi madre (1999) conseguía en este festival francés que tan duro se lo pone siempre al cine español, el de mejor director, sumados a los Oscars conseguidos en Hollywood, hizo que en España se le hiciera algo de caso, aunque no lo suficiente. Y el ejemplo del realizador manchego podría valer para Fernando Trueba y para un José Luis Garci al que se le ha colgado tantos cartelitos y prejuicios como trabajos en el cine ha realizado. No basta que consiguiera el Oscar por Volver a empezar (1981), ni que haya escrito casi cuarenta guiones y dirigido veintitantas películas. José Luis Garci, que enseñó y aportó su granito de arena a la formación de una mirada cinematográfica y cinéfila en los espectadores españoles de la década de los noventa por el programa en TVE, Qué grande es el cine se marchaba de la Academia del Cine Español en 1998, a propósito de una magnífica película no suficientemente valorada, El abuelo (1998), con la participación de dos grandes del cine, Fernando Fernán Gómez y Manuel Alexandre. Le acusaron de enviar mensajeros a los domicilios de los académicos, al parecer con el objetivo de condicionar su voto. Una auditoría demostró lo grotesco, la mentira y lo absurdo de la acusación pero le bastó para que Garci nunca más haya vuelto su mirada a la institución cinematográfica. Garci ha trabajado mucho desde que hacía los guiones para Pedro Olea, Roberto Bodegas o Antonio Giménez Rico, ya desde jovencito su pasión por el cine y por los grandes autores le procuró una formación cinematográfica que le hacía pasar siempre por un intelectual y un sabidillo cinéfilo que respondía siempre con citas de Samuel Fuller, William Wyller o Howard Hawks. Sus dos primeros cortos conjugaron dos pasiones intensas en su vida: el cine y el fútbol My Marilyn (1975) y Al fútbol1975) y también mostraba en ambos parte de un estilo, criticado hasta la saciedad, es ese estado melancólico y nostálgico que ha enturbiado o tapado otro menos conocido y mucho más interesante, un cine fantástico y de terror que en muy pocas veces ha dejado asomar. El ejemplo más claro es La cabina, que dirigida por Antonio Mercero tiene o guarda muchos de los aspectos narrativos del cine que hemos visto en películas dirigidas por José Luis Garci como El Crack (1981) y que deja ver el enorme conocimiento que este autor madrileño de origen asturiano tenía del cine negro de los años cincuenta. El guión de La Cabina posee una sólida estructura dividida en tres claras etapas: un primer planteamiento de comedia y crítica social, tensión dramática y cine de suspense en la segunda y una tercera de cine de terror gótico y trágico. El planteamiento estético es nuevo, rompe completamente con el lenguaje televisivo y propone un lenguaje cinematográfico para la pequeña pantalla, anticipándose en las modas que vendrían años después. El éxito obtenido por La Cabina fue sorprendente, tanto que ese Emmy al mejor telefilme de televisión para TVE no ha sido superado por una cadena de televisión española.

José Luis López Vázquez, el actor

Antonio Mercero lo ha contado en varias ocasiones, el director quería un buen actor, más relacionado con el gesto y la expresión que con la actuación y el movimiento escénico. Necesitaba que su forma de comunicarse fuera desde el silencio y debería mostrar una galería infinita de emociones, desde la sorpresa a la confusión, desde la complicidad a la cobardía, desde el estupor al drama, desde el miedo a la clara certeza de la muerte. Y todo ello sin una sala palabra y mostrando que se trataba de un hombre común, un hombre gris con una vida gris, en un mundo gris.  Cuando se lo contaron a José Luis López Vázquez le pareció un guión demasiado negro, excesivamente amargo, tenebroso pero valoró mucho la propuesta y pensó que a él le iba a valer para demostrar una vez más que muchos de los que hablaban de cine, más bien, sabían muy poquito. Y sin querer dar lecciones a nadie, el actor español tan conocido como Alfredo Landa, Manolo Gómez Bur y Pepe Sacristán por un cine conocido como españoladas, se disponía a hacer una de las grandes películas del cine español, de terror y filmada por Antonio Mercero, que aún estaba lejos de pensar en un cine como el que haría años después, La hora de los valientes (1998). Un José Luis López Vázquez del que algunos olvidaban que en su espectacular filmografía hay títulos como El Pisito (1959), El cochecito (1960), Átraco a las 3 (1962), El verdugo (1963), Mi querida señorita (1972) y La prima Angélica (1974), y sólo por citar una serie de títulos que no lograron, para algunos, ver a este actor más que como un representante más de ese cine casposo, de la época de un país que, no deberíamos olvidar, que es de ahí de donde venimos y ese cine de la dictadura, de la represión, de la apertura y del destape es la respuesta de una sociedad atrapada, aislada, escondida y humillada. No es para menos, el viaje desde la victoria a la transición produjo muchas víctimas, una de ellas fue precisamente la España que muestra José Luis Cuerda con el paseo al maestro de La lengua de las mariposas (1999) y que continúa con ese hombrecillo de bigotito sindical que al final también será conducido al patíbulo, no hace falta que sea masón, comunista o separatista, al final todos son enemigos de la cúpula fascista. La España de la dictadura en el diván del psicoanalista. Un Antonio Mercero que supo servir y servirse, un hombre con talento importante para el cine y para la creación , un director de cine que pudo hacer las crónicas rurales que deseaba el régimen y al mismo tiempo una película como La Cabina que lo masacraba.

Cuando José Luis López Vázquez sabe algo de este proyecto, el actor está en pleno éxito, trabajando muchísimo y sin tiempo pero se lleva el guión a casa, y se lo lee minuciosamente. Le gusta, le parece un trabajo que quiere hacer:

Cuando lo leí me pareció el final de un ser humano, la muerte, la desintegración de la materia, de las cosas. Lo leí más despacito y vi el personaje, me gustó el reto que me suponía, quise hacerlo. Llamé a mi agente y a pesar del intenso trabajo que tenía en esos momentos, le dije que quería hacerlo, que buscara cómo y cuando pero que había que hacerlo. En el rodaje pasé mucho miedo, sobre todo en el final, cuando estoy en la cabina y me suben a un camión, me llevan a un túnel, me cuelgan de una grúa y yo me digo, ¡ay mi madre!, de esta no salgo o se suelta la cabina del gancho o el suelo de la cabina no aguanta mi peso. Pero, bueno, lo hicimos y todos le echamos mucho valor. Cuando lo estábamos haciendo nadie sabía que estábamos fabricando un premio, eso vino después y a título personal esta película de La Cabina me proporcionó muchos galardones pero el más importante de todos fue realizar el trabajo, poder dar con todos los registros y emociones que el director había previsto a la hora de proponérmelo.

Sabían lo que estaban haciendo

Claro que sabían lo que tenían entre manos, las conversaciones con Federico García Larraya que llevaba bastante tiempo haciendo con Chicho Ibáñez Serrador Historias para no dormir derivaban siempre en lo mismo: es la historia de un hombre gris que se queda atrapado en una cabina y ya nunca más va a poder salir de ella, incluso le llevarán a un cruel destino, a una gruta apocalíptica donde quedará inmolado, junto a otras cabinas que guardan a esqueletos y hombres muertos. Desconozco a quien de todos se le pudo ocurrir el escenario salmantino de Las arribes del Duero para rodar ese final, posiblemente Garci supiera que allí, en el Salto de Aldeadávila, junto a la raya de Portugal, se rodó alguna escena de Doctor Zhivago. Cuando fueron Larraya y Mercero no lo tenían del todo claro, estaban a punto de decidirse por un plató del Paseo de La Habana ya que Mercero quería algo barroco o gótico y eso no era fácil de encontrar en un escenario natural. Cuando se fueron para Salamanca, incluso llegando a Aldeadávila no podían creer con lo que se iban a encontrar, pasaron el túnel, salieron del coche y ahí estaba lo que necesitaban, un abismo interior, paralelo y con las mismas medidas de altura de la presa más grande de Europa y con terrazas y cuevas de tierra para colocar las cabinas que quisieran y colocar la grúa más descomunal que imaginaran. Federico G. Larraya no cabía de gozo, era la arquitectura que habían soñado para el final de La Cabina, “un final demoledor -había declarado el propio José Luis López Vázquez- , un final que el espectador no quiere ver ni quiere saber”. El responsable de la fotografía, un Federico G. Larraya que había vislumbrado, para la película,el viaje por el Madrid del desarrollo a la vez que mostraba el Madrid de chabolas y de la emigración, estaba conmocionado con ese paisaje gótico natural de las presas salmantinas: túneles interiores por donde los camiones del desarrollismo español llevaban las toneladas de hormigón para construir las presas, túneles que se quedarían para siempre cerrados hasta el fin de los tiempos, túneles donde se ubicarían decenas de cabinas telefónicas con cadáveres dentro. Memorable el hallazgo para un final perturbador, aquella noche del 13 de diciembre de 1972, cuando TVE programó, emitió y estrenó La Cabina, fueron muchos los españoles que sintieron que algo estaba pasando.


EL AUTOR

Antonio Mercero juldain es uno de los hombres más sencillos y humildes de nuestro cine y de nuestra televisión, no olvidemos que es el único que ha conseguido un premio Emmy en la historia del medio televisivo, galardón que concede la crítica neoyorquina, anualmente. Es autor también de una de las series más vistas a lo largo del historial de la pequeña pantalla, Verano azul. De todas sus películas hay tres que yo destaco muy especialmente, La guerra de papá (1977) donde Mercero conjuga en un momento importante de la historia contemporánea española la memoria con la educación y el saber. Espérame en el cielo (1988), una de las películas más olvidadas y ninguneadas de este autor y La hora de los valientes (1998), una vuelta a la guerra civil española, uno de los temas más visitados por este guipuzcoano del que habría que reivindicar un ciclo con sus documentales, algunos con tanto afecto y tan singular como el dedicado al jugador de fútbol Telmo Zarra al que en pleno documental, el director  le pide al jugador del Athlectic de Bilbao si le permite que él, Antonio Mercero, pueda tocarle la cabeza, en un acto de admiración y afecto por Zarra pero también en un atrevimiento novedoso, como recursos para el cine documental de la época. De su labor en televisión es obvio que conviene no olvidarse de La Cabina y también de otra de las producciones de Mercero, Los pajaritos (1974).

Antonio Mercero es pura historia de televisión, las series más populares de este medio llevan su firma y su intención y frente a esa habilidad supo construir una obra diferente y en la que se proponía objetivos más profundos como las citadas La cabina , en televisión y en el cine, La hora de los valientes.

Le fue concedido el Goya de Honor de la Academia en 2010, un año después de que los médicos le diagnosticaran Alzheimer.

Su estilo y, sobre todo, su pasión por el cine tendrá y tiene asegurada su continuidad ya que sus hijos están vinculados con este séptimo arte.


LOS PREMIOS

Antonio Mercero es un autor querido por el público y muy bien relacionado con el reconocimiento. Tanto es así que en su propia ciudad de San Sebastián (considerada por él, como la más bella del mundo) obtendría su primer galardón, la concha de oro y perla del Cantábrico por su cortometraje, Lección de arte (1962).

Premio en Bienal de Arte de París en 1965 por su práctica de fin de carrera, Trotín troteras.

Quijote de oro al mejor director, concedido por la crítica española por La cabina (1972).

Premio Marconi de Mifed de Milán por La cabina

Premio de la crítica internacional del Festival de Montecarlo por La Cabina.

Premio Emmy de la Academia Nacional de Televisión y  Ciencias de Nueva York por La cabina (1973).

Mejor programa dramático del canal 47 de Nueva York por La cabina.

Premio al mejor director del Festival de Montreal por Plata 4ª (2003).

Goya de Honor de la Academia en 2010.


EXTRA

LOS PAJARITOS (1974)

Antonio Mercero

LA OBRA

Los Pajaritos de Antonio Mercero pertenece a la considerada etapa surrealista del autor para diferenciarla de la obra más costumbrista del realizador guipuzcoano. Lo cierto es que Mercero con La Cabina y con Los Pajaritos trata de llamar al espectador a la reflexión, al análisis sobre un mundo nuevo que le obliga y le impone una existencia penosa, existencia que quizás no merezca la pena  En La cabina hace como un llamamiento desde el cine al cambio, a una liberación del ser humano de las cabinas que se construye él solito o que le construye la sociedad, la familia o el propio Estado. Y que al final se convierten en verdaderos nichos y ataúdes donde nos encerramos hasta la muerte. Desesperada y trágica realidad del ser humano que desemboca en su propia desintegración. Con Los pajaritos, Mercero construye una pequeña travesura ecológica, un par de ancianos que quieren o pretenden salvar a los pajaritos, animales en extinción que están desapareciendo como precio del progreso, del avance y del desarrollo. Sin embargo, no es de los animalillos de lo que Mercero habla; es su simbología, como en La cabina. Habla Mercero de la libertad, expresada con la metáfora del pájaro. Una libertad del ser humano que es molesta, nociva y que se convierte en una verdadera amenaza para los nuevos tiempos, para ese mundo pretendidamente feliz y planificado, reaccionario y consumista que se está construyendo. Y Mercero lo apuntaba ya en 1974, mostrando un activismo asfixiante en las grandes ciudades, con calles contaminantes y contaminadas y con las ubicaciones de fábricas y depuradoras que estaban arruinando los paraísos naturales del país. La película es un producto de televisión y a pesar de conseguir premios y galardones pasó muy desapercibida para la crítica y para el público.

EL GÉNERO

Antonio Mercero que podría parecer que tiene varias caras, una para el cine y otro en el tratamiento comercial de la televisión (Crónicas de un pueblo, Farmacia de guardia, Verano azul, etc) y otro registro más simbólico y comprometido con su entorno propone un curioso lenguaje narrativo con trabajos como el de La cabina y este de Los pajaritos, donde revolotea el cine fantástico con un cine simbólico de compromiso social y político pero revestido de suspense, de misterio y de un fuerte dramatismo. ¿Por qués estos ancianos contra el poder?, ¿por qué todo el mundo burocratizado, conformado y entregado parecen estar de acuerdo?, ¿por que este ala madura de la resistencia?. En la cotidianidad y en el planteamiento del suspense parece un cierto homenaje de Alfred Hitchcock (Los pájaros, 1963) desde un planteamiento existencialista del cine de ficción y del cine fantástico. Revisar esta película es percibir la suave o matizada crítica que el autor hacía a la dictadura y a la sociedad de su tiempo que no evitaba señalarla como con cierta complicidad y pasividad de la ciudadanía. Es aquello de Franco se murió en la cama. Pero expresado con mucha suavidad y mucho tacto y eso se ve en las secuencias que tiene que ver con la inoperancia de los guardias y el descrédito que tenían ante la opinión pública y contra el poder a través de  escenas que podrían haberse desarrollado en las páginas de la revista La Codorniz, como ese instante en el que un señor vestido de negro, gordito y miembro del gobierno va en un Dodge oficial, escuchando la radio y pide o exige al chófer apagarla cuando el locutor lee una noticia en la que informa que los pájaros siguen desapareciendo del planeta. “Apague la radio, exageraciones de estos jóvenes, ¿no le parece?”, le dice al conductor mientras cierra la ventanilla porque el tubo de escape suelta una nube de contaminación.

LOS OFICIOS

El trabajo más destacado en Los pajaritos es el de dos grandes intérpretes, el veterano José Orjas y la exquisita y peculiar actriz Julia Caba Alba de la que los lectores más cinéfilos y más veteranos la recordarán por sus trabajos en Los ladrones somos gente honrada (1956) y Maribel y la extraña familia (1961) y los más aficionados al teatro pueden recordar mejor a sus sobrinos, Irene, Julia y Emilio Gutiérrez Caba, todos miembros de una saga con enorme tradición en la larga familia de los cómicos españoles. En Los Pajaritos, es la anciana que junto a José Orjas intenta salvar la especie de los pajaritos, en contra del sistema y del Estado que no sólo transmite una total indiferencia al tema sino que hasta el ruido y el canto de las aves es prácticamente declarado como un acto sospechoso y subversivo.

Del actor José Orjas habría que decir que fue un grande, uno de los grandes de la escena y del cine. Que nació en Madrid a principios de siglo, que realmente se llamaba José Orejas y que fallecía en los ochenta, dejando una línea dramática interpretativa de primera línea y sólo haría falta recordar películas como Placido (1961) de Luis García Berlanga, como Átraco a la 3 (1962), o El camino (1962) de Ana Mariscal. En la escena dirigió el Teatro de la Comedia de Madrid, poniéndose al frente de muchas adaptaciones de Jardiel Poncela, Carlos Arniches y Jacinto Benavente y dirigiendo a maestros sagrados del teatro español, como Elvira Noriega, Carlos Lemos y Antonio Riquelme. Fue un actor muy requerido por su estilo para el género negro y fantástico, de ahí que participara en muchos de los capítulos de Historias para no dormir. También estuvo en un cine más popular, como en la mayoría de las películas protagonizadas por Marisol (Pepa Flores) y en la popular serie de televisión, Curro Jiménez que fuera dirigida, entre otros, por Mario Camus, Pilar Miró y Antonio Drove.